A ver que nos enteremos: ¿nos ponemos o no la mascarilla?

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Pues en esa tesitura estoy. Primero de todo: no tengo y no encuentro.
Y los segundo es que los mensajes no son claros y las explicaciones del porqué sí o no lo están aún menos.
Ahí va una presentación o argumentación que puede ponernos en claro esto.
Aleeee!!
Vamos vamos!!

 

 

Pero entonces… ¿me pongo o no la mascarilla?

Cuando se trata de protegernos, sobre todo contra un enemigo invisible, a veces perdemos el uso racional de nuestra inteligencia y nos sobreprotegemos sin necesidad ¿o sí es necesario?

Estamos en primavera, junto con el otoño la estación meteorológica con el tiempo más cambiante. Puede amanecer despejado, aunque a media mañana aparezcan nubarrones y termine lloviendo: ¿salimos a la calle con paraguas o nos va a molestar todo el día y al final no lo utilizaremos? Muchos ciudadanos caminan por la calle con paraguas y otros no ¿de qué depende? Pues… posiblemente de lo que valga el traje que llevan puesto, de lo que les haya costado la permanente que se hicieron ayer en la peluquería o, simplemente porque no les gusta mojarse. ¿Se están sobreprotegiendo? Total, nadie muere por un chaparrón. Aunque seguramente habrá estadísticas, en algún estudio remoto refrendado por una universidad de nombre impronunciable, que confirmen que el “cero coma nosecuantos porciento” de la humanidad fallece como consecuencia de las lluvias primaverales y la falta de paraguas.

Esta presentación, deliberadamente esquemática y licenciosa, pretende orientar sobre la voluntariedad o no del uso de una mascarilla de protección para evitar el contagio del coronavirus COVID-19.

La versión oficial

A día de hoy, 3 de abril de 2020, las autoridades sanitarias no aconsejan el uso de mascarilla para aquellas personas que no estén infectadas o que no traten directamente con enfermos. De esta lista simplificada han quedado excluidos los colectivos de riesgo, es decir, personas que sin saberlo pueden estar continuamente expuestas a posibles portadores de la enfermedad.

Es más, la propia OMS ha difundido un comunicado en el que se cita que: “cuando no está indicada, la utilización de mascarillas médicas da lugar a gastos innecesarios, obliga a adquirir material y crea una falsa sensación de seguridad que puede hacer que se descuiden otras medidas esenciales, como la higiene de las manos”.

El momento actual

Decía Mark Twain que no hay mayor mentira que una verdad estadística. La realidad: tú tienes una naranja y yo ninguna; la estadística: cada uno tenemos un 50% de naranja. Es un dato exagerado, y para manejar grandes cifras de población hay que utilizar estos mismos recursos matemáticos, pero de los resultados mal interpretados nace el temor social.

La expansión de la enfermedad no está controlada, ahora mismo España tiene una letalidad (según los datos del ICL, Imperial College de Londres), del 0,07%, y, lo más importante, cada poco tiempo aparecen nuevas informaciones que provocan desconcierto y temor a la población y a los profesionales de la sanidad.

Sinceramente, no creemos estar en el escenario idóneo para aconsejar a cualquier temeroso ciudadano que no utilice una mascarilla de protección.

En un artículo publicado hace unos días ya os informábamos con detalle de los tipos de mascarillas existentes y el alcance de su nivel de protección, por lo que no lo vamos a repetir.

Las razones definitivas

Si realmente queremos estar protegidos al cien por cien de un posible contagio del COVID-19 por la vía respiratoria directa (no vamos a insistir en el imprescindible lavado de manos), además de no salir de nuestro domicilio, deberíamos utilizar una mascarilla que, seguramente, no está a nuestro alcance, porque las mascarillas de papel que utilizan la mayoría de los ciudadanos voluntariamente no disponen de la especificación FFP3 que es la única certificada para filtrar este virus. Las FFP2 pueden protegernos en un grado medio/alto y las FFP1 son poco más que tranquilizadoras, dejando pasar partículas demasiado grandes a nuestro sistema respiratorio.

Pero acaban de comenzar nuevas pesquisas médicas en las que se están teniendo muy en cuenta los “contagios invisibles”: un porcentaje aún indeterminado de ciudadanos (no hemos conseguido estadísticas fiables) son portadores del virus y no muestran ningún tipo de patología (seguramente por disponer de un sistema inmunológico privilegiado), o han desarrollado un perfil muy bajo de la enfermedad. Son los transmisores más peligrosos, porque no están aislados, no se protegen por prescripción médica con mascarilla y se desenvuelven con total soltura en los pocos círculos por los que aún se puede circular con libertad (supermercados, puestos de trabajo autorizados, núcleos familiares…). En realidad son estas personas las que sí deberían llevar siempre puesta una mascarilla, pero no lo saben.

Y la reflexión

¿Eres un “portador invisible” del COVID 19? ¿Tu conciencia te obliga a llevar una mascarilla en previsión de que pudieras ser portador de la enfermedad sin saberlo? (Enhorabuena por tu responsabilidad social). Si entras en contacto con un portador invisible y llevo mascarilla ¿estaré mejor protegido?

A estas alturas no existe nadie que disponga de argumentos para poder aconsejarte, de manera tajante, sobre el uso permanente de la mascarilla cuando salgas de tu casa, pero ya hay suficientes incógnitas como para que valores si esas estadísticas tan “escleróticas” te informan de que puedes estar en contacto con un número preocupante de posibles infectados o, yendo mucho más allá: que tú mismo seas portador del COVID-19 y debas proteger a las personas con las que ocasionalmente puedas estar en contacto. Y recuerda que no se trata de que alguien pueda toser, estornudar, respirar fuerte…. en la cara de otra persona: cualquier partícula de saliva, del tamaño adecuado, exhalada por un portador puede caer sobre una superficie en la que haya alimentos (supermercados…), sobre el tirador de una puerta, un interruptor de la luz…

 

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